Yajaira Chung

Renunciar al trabajo sin tener otro

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Estaba leyendo una historia de una empresaria que construyó su negocio mientras llevaba un trabajo de jornada completa y un año después cuando su negocio estaba fuerte, con clientes y una facturación estable dejó su trabajo de tiempo completo. Mi historia no fue así.

También veo historias inspiradoras de personas que fueron despedidas o que su contrato no se renovó y entonces decidieron emprender, la vida les dio ese impulso que necesitaban para comenzar su propio negocio. Esa tampoco es mi historia.

Mi historia se resume en renunciar a mi trabajo sin tener otro. Dejé mi trabajo bonito, con buenos compañeros para salir a ¿qué? A nada…

No entendía por qué sentía esa necesidad tan fuerte de renunciar. Hoy, 4 años después entiendo que mi ciclo había finalizado, yo ya no tenía nada más para dar. Y no era culpa de nadie, no pasó nada malo, no tuve malos jefes (todo lo contrario, son excelentes personas), simplemente ese puesto con esas responsabilidades dejó de ser atractivo para mí.

Estaba en una zona de confort, tenía mis funciones controladas. Así que, a pesar de todo lo bueno y estable, me comencé a sentir incompleta, en una zona de confort que no era confortable.

Hoy puedo decirlo, pero hace 4 años no entendía y por eso mi renuncia fue una decisión difícil y sorpresiva para mis compañeros y jefes ¿quién deja un trabajo estable así de la nada?

Me aferré a lo único que parecía justificable en ese momento y era que mi familia estaba pasando por el cierre de un negocio y yo necesitaba estar ahí para apoyarlos, esa fue mi razón; pero siendo honesta yo no era indispensable en ese proceso. Lo que sí era indispensable para mí, era darle una justificación lógica al lado racional de mi cerebro y la familia siempre es una buena razón.

No me mal interprete, todas las historias de emprendimiento son válidas e inspiradoras, no estoy diciendo que la mía es mejor que las otras. Mi historia es diferente, es sobre una persona que renuncia a un trabajo sin tener otro, que dio ese salto al vacío sin saber si había algo al final que me iba a recibir.

Después de un par de semanas de descanso dije ¿y ahora qué hago?

Empecé a sentir ese miedo “incapacitante”, sabía que quería emprender pero no sabía en qué, ni por dónde empezar. Tenía muchas ganas de hacer algo diferente, tenía algunos ahorros pero no tenía ninguna idea de negocio.

Lo único que sabía es que me gustaba mucho escuchar y contar historias, era algo que había aprendido en mi trabajo, sin embargo no podía hacer muchas historias porque me habían ascendido y en mis nuevas funciones escribir historias no era prioridad.

Entonces hice algo muy loco: me inscribí en un taller en una incubadora de negocios. El taller se llamaba “Descubrir” y yo necesitaba descubrir qué iba hacer.

Entré con la idea de crear un blog donde todo el contenido estuviera creado usando storytelling y salí frustrada pero con la claridad de que mi idea de un blog no iba a tener éxito, porque estaba basada en lo que yo necesito y no en lo que otros necesitan.

La única forma de saber qué necesitaba mi audiencia fue conversar con ellos y darles servicios, entonces publiqué en mi Facebook personal que estaba disponible para trabajos freelance, dejé la puerta abierta y varias personas me contactaron para que manejara sus redes sociales.

Durante los primeros 6 meses fui creadora de contenido y community manager de varias empresas. Ahí comencé a involucrar el storytelling con los clientes, proponer historias, pero las historias toman mucho más tiempo de producción y yo no podía jugar con los recursos de los clientes, entonces decidí hacerlo para mí misma, comencé a escribir mis historias en el blog de Historiería y enviarlas a mi lista de correos que no llegaba a 100 contactos.

Mi lista de correos respondió y en el primer mes tuve mi primer cliente de storytelling, ese que dijo: yo quiero mi historia así, quiero que la gente sepa cómo llegué aquí y por qué hago esto.

¡Perfecto! Comenzamos a trabajar y unas 2 semanas después llegó el segundo cliente de storytelling. Era justo lo que soñé, pero ese sueño duró muy poco. Me di cuenta que mi tarifa de servicios no cubría los costos de producción, así que esos primeros clientes me dejaron aprendizaje y nada más.

Para ese momento había más personas interesadas en aprender sobre storytelling, entonces empecé a experimentar impartiendo cursos-talleres presenciales y con materiales de trabajo. Jamás en mi mente cabía la posibilidad de dar un curso virtual porque no tenía las herramientas para dar una buena experiencia.

La virtualidad fue el único camino

Y cuando los cursos se comenzaban a convertir en mi servicio más valioso, llegó la pandemia y lo virtual se volvió el único camino. Tomé la decisión de dejar a mis clientes de contenido para redes sociales (esa historia la cuento aquí) para enfocarme en cursos y capacitaciones virtuales.

Tomé un curso sobre educación remota, probé muchas herramientas, llevé muchos cursos y me lancé a impartir mi primer curso virtual de storytelling para marketing. Me di cuenta que soy muy buena profesora-facilitadora.

Al mismo tiempo el SEO de mi sitio web comenzó a dar resultados y varias empresas me contactaron solicitando información sobre capacitaciones para sus colaboradores.

Cerré el 2021 impartiendo capacitaciones en 4 empresas y arranqué el 2022 capacitando a un grupo corporativo de 75 personas en storytelling para comunicación efectiva.

Lo que a algunos les ha tomado uno o dos años, a mí me ha tomado 4 años construirlo. He tenido que dar muchos servicios diferentes para poder identificar ese “sweet spot”, ese lugar en el que verdaderamente agrego valor al nicho de mercado interesado en mi servicio.

Estoy muy lejos de mi zona de confort, tengo tantas ideas de cursos que siento que no me va a alcanzar el 2022.

Cada empresa tiene su historia, la mía sigue en construcción.

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